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Terra
La Coctelera

El paquete

Hoy recibí un paquete de la oficina de correos. Sabía cuando recibí la carta para recogerlo quien era el remitente: mi padre. Siempre me envía paquetes cuando yo esté lejos, en la universidad o algún programa, en lo mismo tipo de caja: de correo prioridad, tasa fija. Siempre contiene las mismas cosas: una bolsa pequeña con tres o cuatro aguacates, una caja de galletas saladas de marca Kashi, una bolsa de manzanas secas de la tienda de comida natural Trader Joe’s, unas tabletas de salud, sabor limón, de la marca Luna, y una nota breve, que dice algo como <Hola: Meg, espero que te guste todo. Con amor, Papá>. Este paquete fue un poco diferente; no me mandó un envase de almendras. Había razón: reenvié y devolví todas de las almendras –cinco o más libras- que me envió el año pasado al fin de mayo después que terminé el año universitario. No es que no me gustan almendras, es que tengan muchas calorías y sean bastante duras. Además, siempre me envió el tipo crudo mientras me gustan las tostadas con sal. Es mi culpa que nunca decía nada. Se la debiera, pero también pudiera decir que me gustarían higos más que manzanas y mantequilla de cacahuete más que los aguacates. Si yo dijera algo asía, lo arruinaría la generosidad del remitente. Es mejor que me esté quieto.

Un espacio

El día al fin llegó. Había esperado por meses para este instante y cuando llegó, tenía dudas. Registré para clases para el semestre próximo de Wellesley en el abril pasado. Sabia en aquel entonces que debiera tomar una clase de español, porque sin una olvidaría toda que habría aprendido este verano. Quería registrar para la clase ‘Civilización de Latinoamérica’, pero no habían espacios abiertos (sólo estaré en mi segundo año de universidad y escogimos nuestras clases por último). Habían dos espacios en la clase de ‘Civilización y cultura de España’; obtuve uno. Estaba seguro pero no feliz. Aunque la clase española sería enseñado por mi profesor favorito (un hombre cosmopolita de Barcelona), el sujeto no me ayudaría con mi concentración. Envié un correo electrónico a la profesora de la clase de Latinoamérica (ella graduó de Middlebury) y me puso en la lista de espera. Había visto el sitio Web de la oficina del Registrador por lo menos una vez cada semana desde abril. Nada había cambiado, hasta que hoy. Con sorpresa, vi un espacio abierto. Pero de repente, tenía dudas; ¿estaba seguro que esta otra clase fuera mejor? Esta fuera mi única posibilidad cambiarla. <Sí, voy a hacerlo> pensé. La decisión no era tan fácil que la había pensado. Las decisiones limitan mientras me gustaría extender mi mente y talentos y elegir todo. Por eso, nunca estoy seguro de nada.

Amigos Cantina

Hace unos días cené con unas amigas en Amigos Cantina en el pueblo. El menú dijo “comida mexicana” pero me hacía reír. Hamburguesas, nachos y quesadillas con la opción de carne picada no son incluidos en una carta de comida mexicana de veras, pero tengo que recordar: esto es Vermont, ni California. Me recordó de la comida china en mi pueblo que, obviamente, no es auténtica tampoco. He pensado un poco sobre esa noche malísima durante los días pasados y he llegado a mi conclusión. No soy una experta, especialmente no –la- experta de comida mexicana –en realidad no soy la de nada, pero eso es otro sujeto-. Sí, tengo mis opiniones sobre cuál es un chile relleno, una enchilada, un guacamol o un pico de gallo tradicional. Sí, los campesinos -mexicanos “frescos” de la frontera- que trabajan para mi padre nos trae tamales, hecho con una receta mental desde el principio por toda la familia, cada Navidad. Sí, cultivo cilantro en mi jardín cada año para poner a la encima de –todo-. Pero la verdad es que no soy mexicana; no tengo las experiencias, el acento lingüístico o la apariencia de una. Aunque me gustaría la mayoría de comida mexicana, todavía no puedo tolerar los picantes pimientos jalapeños.

Senderismo

El sábado pasado tomé mi primer viaje de senderismo. El día empezó muy temprano, por lo menos para un sábado, a las ocho de la mañana. Nunca había hecho algo como esto antes, pero pensaba que sería por lo menos una aventura. Cuando empaqué mi mochila no sabía qué debiera traer: ¿el repelente contra mosquitos, el bloqueador solar, unas sandalias adicionales, una merienda o un chaquete? Elegí llevar todo; mi mochila era muy pesada. Recuerdo que eel sendero era mojada, con piedras y raíces en todos partes –y mis zapatos habían sido nuevos, blancos-. La subida fue duro, rápido y sin pensamiento de la naturaleza –excepto a las ramas que pegaron a mis brazos y a mi cara. Al fin, cuando llegamos al destino, sabía que la vista valió la pena: el estanque construyó por castores, las nenúfares y flores flotando a lo encima y las nubes de alta velocidad se arremolinando en el cielo limpio. Me sentía libre y fresca. Mi clase de historia del medio ambiente de los EE UU el semestre pasado trató a disminuir “la mentira” que haya una naturaleza perfecta, desierta y sin la influencia de humanos. Pero ¿cómo puedo creer eso cuando he visto la última con mis mismos ojos? Tengo la imagen de perfección en mi mente ahora y no me importa que olvidé mi camera.

La continuación

Llamé mi padre y tratamos a encontrar una solución que parecía tener lo menos conflicto y ser lo menos caro. No fue fácil, puedo decir. No estábamos acuerdos de la opción mejor –no había una mejor opción-. Entonces decidimos cancelar mi billete del segundo de septiembre. Después que hiciera eso, tendría “crédito” para un vuelo futuro, hasta un año de lo anterior, pero primero tenía que llamar al servicio del cliente de Orbitz. Al principio el numero que marqué fue un voz electrónico y no había una opción para reservar un vuelo con crédito. ¿Qué pudiera hacer? Busqué otra vez en el sitio del Web y encontré un numero diferente. Lo marqué: ¡Una voz! La me dijo que tuviera que esperar para un/a ayudante profesional que maneja estas situaciones. Esperé, escuchando a música clásica con interrupciones periódicos de alguien diciendo: “resérvate tu próxima viaje hoy” o “Quédate en la línea”, para casi cuarenta y cinco minutos -¡para siempre!-. Al fin, la mujer de India contestó. Mi nuevo billete costara 315 dólares más que lo anterior; en total costó más que 800 dólares -para un billete-, de ida y vuelta de Fresno, California a Boston, Massachussets. Horrible. Despreciable. Pero eso es el costo de la distancia y del ‘milagro’ del viaje ‘rápido’.

¿Hay una mejor opción?

No sé qué debo hacer. Tengo dos opciones diferentes pero sólo puedo elegir una. No sé. Quizás debo explicar mi razonamiento para cada una. Al principio: después de que habré terminado mis clases aquí en la escuela española, tengo dos semanas hasta que mi universidad empezará. Tengo que estar en el campus el segundo de septiembre. Mi primera opción es así: tengo un billete para regresar a casa en California para el viernes, el décimo octavo de agosto. No estuve pensando cuando compré el billete, porque es para las seis de la mañana de Burlington a Cincinnati, de entonces tengo una espera de ocho horas y entonces a San Francisco. De esa opción pudiera pasar tiempo con mi familia y relajarme en California. Entonces, tengo un vuelo el segundo de septiembre de Fresno a Boston para asistir la universidad. El problema es esto: también tengo un billete para ir directo de Burlington a Boston el sábado después el termino de este programa. Me quedaría con una amiga, durmiendo en su piso duro. Mi mamá tiene un billete para visitarme el sexto veinte de agosto y nos quedaríamos unos días en un hotel. También una amiga de aquí me quiere quedarme dos días en Burlington hasta mi vuelo a Boston. La única opción que me interesa es ésta: cambia mi billete para ir a Boston de Fresno para el día mismo con mi mamá. El problema es que es caro. No sé. Voy a llamar mi padre por teléfono hoy. Quizás mañana tendré la solución. ¡Ojalá!

La melocotón perfecta

Mucha gente no sabe que significa una buena melocotón –una que es sabrosa, madura y fragrante-. Por eso, voy a describir la melocotón perfecta de la finca de mi familia: Está melocotón está colgado en un árbol melocotón joven –lo que tiene seis a ocho años-. No hay muchas melocotones en este árbol porque menos frutas significan más sabor por el resto. Esta melocotón está altura en el árbol, dónde puede recibir más rayos del sol. Cuando se recoge la fruta tenga que estar por mano. Esta melocotón, la perfecta, es tan grande como un pomelo, pesado en el mano, velloso, tiene colores de naranja claro, rojo fuerte, y amarillo brillante: no verde oscuro en ningún parte. La fruta es “madura por el árbol” con una textura al mismo tiempo firme y suave. El sabor es exquisito: el carne dulce de miel, el jugo ácido y picante. El sentimiento de la lengua cuando se come una de estas frutas especiales es extravagante, delicado –es inapreciable-. Sólo los afortunados tengan la oportunidad para saborear estas frutas. Estoy agradecido que soy una de esas personas, aunque espero que todas puedan, algún día, probar su propia melocotón perfecta.

El pizza y las chicas

Me fui del campus dos veces este fin de semana para comer pizza. La primera fue el viernes: Lillian me invitó a cenar con ella y unas de sus amigas en “Señor Arribas” –en este caso, unas significaba trece chicas-. Yo hube conocido algunas de las muchachas, pero sólo les había asociado con distancia: con una pregunta sobre sus clases o una sonrisa cuando estamos en la cola del comedor. Ellas no son el tipo que me caen bien. Hablan demasiadas sobre sus novios y no tienen pelos en la lengua, especialmente con personas que no son las mismas. En estas situaciones, cuando siento incómoda, no digo nada. Escucho a las conversaciones, pero no tengo una respuesta que ellas querrían oír. No tenemos las mismas experiencias, lo mismo nivel social o los estándares comunes: soy una forastera. El sábado fui a “Flatbread Americana” con otras chicas: unas principiantes y algunas amigas de mi mismo nivel. La diferencia era enorme: son más calladas, tranquilas y amables. No se contaron grandes historias de fiestas, bebidas o chicos. En general, no dicen mucho. Cuando la oportunidad para pedir las pizzas llegó, tomé el puesto para elegirlas y pedirlas de la camarera. Era un poco como la jefe del grupo y aunque tomaré este puesto si no hay otra cabecilla, me gustaría mejor una mezcla de las dos situaciones. Tengo que decir: falto a mis amigas mejores de la universidad, pero no voy a verles hasta que seis semanas más. Hasta entonces, tengo que esperar.